"En enero de 1889 le escribía a su hermano:
"habrás vivido siempre pobre por darme de comer, pero yo devolveré el
dinero o entregaré el alma”: no alcanzó a ver el día que acaso hubiera podido
devolver el dinero que le permitió realizar una de las obras artísticas más
deslumbrantes y auténticas de los tiempos modernos; entregó su alma roída por
el fracaso y la esquizofrenia. Unos segundos antes de morir le diría a Théo: “Fracasado
una vez más…la miseria no acabará nunca…””Había nacido el mito de Van Gogh.
Para la sociedad burguesa el artista verdadero es un sujeto
peligroso empeñado en subvertir los más sagrados valores en que aquélla se
asienta como en el fondo de un tranquilo paisaje en que cada nube, cada árbol y
hasta cada pincelada respiran paz y armonía. El artista es el enfermo, el
desdichado, el excéntrico, el amoral, el vagabundo, el vicioso, el solitario,
el revoltoso, el payaso (casi siempre a pesar suyo: Dalí es una triste excepción).
Ese hombre empeñado en dar un nuevo sentido a la visión del mundo (sobre todo a
la visión artística del mundo), y que en su empeño consume su vida, es
condenado a morir en el desierto como un chivo expiatorio. Y sólo unos pocos
años después, el fantasma –el mito- de ese hombre es acogido con agrado por la
misma sociedad que ahora se dispone a asimilar, ya sin miedo a conmoverse
demasiado con ese frisson nouveau, la zona más superficial de una renovación
cuyos impulsos más profundos no comprende. El artista ha dejado de ser
peligroso: ya no muerde ni blasfema, no atenta contra las buenas costumbres de
los grandes señores, no amenaza con crear un orden nuevo en el arte y en la
vida, no se corta una oreja de un navajazo. Ahora aquél artista hirsuto,
harapiento y a veces agresivo no es más que un bello libro de la casa Skira,
una magnífica reproducción de Braun y Compañía que pone el toque mágico,
definitivo a la decoración de una sala elegante, una película al estilo de
Hollywood, una novela para lectores ávidos de extrañas aventuras, o una serie
de cuadros colgados en un museo y vigilados por guardianes que los cuidan
celosamente como lo que ya han llegado a ser: valores, mercancías, objetos que
desencadenan la voracidad de los especuladores, de los millonarios.
Cuando la obra de arte es así asimilada por la burguesía,
aquélla ha dejado de poseer el poder de rebelión que la hizo posible y duradera
e, independientemente de la voluntad del artista que acaso prosigue su creación,
su obra ya ha pasado a formar parte de la cultura de su tiempo.
Vincent Van Gogh tuvo la suficiente lucidez para vislumbrar
su destino y el destino de su obra; tuvo también el coraje de sacrificar el
primero a la última con la esperanza de legarla a una humanidad futura ya
liberada de toda opresión: “No debemos hacernos ilusiones, sino prepararnos a
no ser comprendidos, a ser despreciados, y a ser deshonrados y, a pesar de
todo, debemos conservar nuestro ánimo y nuestro entusiasmo”.
Cartas a Theo - Vincent Van Gogh.
Cartas a Theo - Vincent Van Gogh.
Apasionante.



